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El cielo de Madrid

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mayo 2, 2014 por laquehasliado

El pasado sábado de un Abril cualquiera, acudí con mis hijos al eterno teleférico de Madrid con la idea de sentir aquel dicho, de Madrid al cielo y después pasar un rato agradable paseando por la casa de campo hasta el lago. Pese a ser un sábado por la tarde a eso de las cinco, había cola para entrar. En Madrid siempre hay colas o filas para todo, para comprar el pan, para entrar al cine, para salir de la ciudad, para encontrar trabajo…

El caso es que la fila no avanzaba demasiado rápido y el entretenimiento iba menguando. Mientras los niños miraban las grandes ruedas de la maquinaria que hacen mover los cables que llevan las cabinas y a sus ocupantes por los cielos de Madrid, me llamó la atención la pareja que llevábamos delante. Un chico y una chica bastante jóvenes, como de unos 16 o 17 años no más. Lo que me atrajo fue la actitud del chico mientras mensajeaba por Whatsapp a otra persona. Para no pecar de cotillo, diré a veces me fijo es en el modelo de los móviles o celulares que llevan las personas. Por una parte me atrae por mi profesión de programador, pero por otra por el intento de elaborar un perfil psicológico de las personas que llevan un tipo de teléfono, una marca, o un color. Es como si quisiera encontrar un patrón que se repitiera. Por ejemplo todos los que llevan un iphone son rubios y con los ojos azules, y los que llevan un Motorola son gente bajita, o los LG personas altas o del Manchester United. A día de hoy no he encontrado ningún patrón y más bien es un mero divertimiento para esperar largas colas.

Bueno el caso es que el chico escribía en un Nokia blanco sin Windows 8, aparentemente con Symbian de hace un par de años. Y entonces ocurrió, pero antes alegar en mi defensa que yo mido 1,84 metros y el chico en edad de crecer como 1,58 más o menos. Ocurrió que leí lo que escribía a un supuesto amigo, una simple frase. Antes me llamaba la atención, que cuando se acercaba la chica, él retiraba su teléfono contra su pecho demasiado rápido. Así que mi interés por la tecnología y las teorías de patrones quedó en un segundo plano y me decidí a indagar (cotillear suena más feo) a ver que escribía aquel rapaz (como se dice en Galicia) Solo pude leer una frase por encima de su hombro.

“Todavía no he podido, espero regalarla el anillo ahora”…

 

Empecé a observar a la pareja con otros ojos más detectivescos. El chico lucía un corte de pelo reciente, tenía bien rasurado el cuello, impecable. Llevaba una chaqueta de paño nuevecita, un pantalón vaquero bastante nuevo y su par de zapatos brillantes. La chica llevaba una chaqueta de diario, de la que se pueden ver en las universidades o en el metro cualquier día, bastante común. Un jersey negro, con sus pelusillas por el uso y sus lavados y un par de zapatillas, tipo Converse, pero más económicas. Se veía que el chico iba preparado para un día especial, muy especial en su vida, y aquella chica no sabía nada. De repente para mí y para mi hija (a la que comenté la situación en susurros disimulados con el sonido de la maquinaria) se nos llenó de luz aquella sala del teleférico madrileño. El tiempo se detuvo y un violinista imaginario con una cantante francesa de los años 20 aparecieron en mi mente. Cuantas parejas desde 1969 (fecha en la que se inauguró el teleférico) habrán declarado su amor en aquellas góndolas azules, que con forma de cabina, surcan el cielo de esta ciudad que tanto nos da a veces. Con el palacio de Oriente por testigo de esos amores, con el viento como romántico gondolero, van surcando las promesas y la felicidad por la rivera del manzanares, por los verdes pinos de la casa de campo.

En una sociedad mediatizada por las malas noticias a diario, pongamos que estos chicos se llamaban Abelardo y Eloísa, (con permiso de Sabina) nos recordaban que la vida es maravillosa, pese a quién le pese. En mi mente acudía la misma escena, antes de verles subir en su cabina. Jóvenes de los 60 que habían llegado en su vespa o en su 600. Jóvenes de los 70 que con su Simca, Talbot o Seat y sus patillas, pantalones de campana habían repetido la escena. O en los 80, chicas con medias rotas como Madonna, o chicos con cresta, o melena y camiseta de Barón rojo. O en los 90 con sus camisetas de Héroes del Silencio, o en el 2000 con su Lacoste o Benetton, o su Marilyn Manson, o ahora con su chaqueta de tela y sus jerseys lavados. ¡Oh! si el silencioso Nilo de cables, con su aladas cabinas de chapa y abrazos nos hablara, saldríamos un poco más de la sombra oscura que nos proyectan y disfrutaríamos más del sol en nuestra vida.

Abelardo y Eloisa

Abelardo y Eloisa

 Al final, cuando desembarcamos en la casa de campo, vimos de nuevo a la pareja. El chico con una cara de felicidad inmensa, ella distraída y relajada ojeando en la tienda de recuerdos….el anillo; en el bolsillo del chico seguro. Quizás en el regreso de nuevo a Madrid, el corazón de esa chica se llenará de millones de mariposas, y esa vieja cabina podrá tocar de nuevo al cielo azulado con su ruedas de brillante acero cromado, una dulce melodía de amor.

 Mientras me perdía en la casa campo junto a mis hijos rumbo al lago, me pareció ver dos mariposas que en una dulce danza primaveral se elevaban hacia las nubes. Todos los días ocurren cosas buenas, sin excepción. ¿Qué ocurrirá hoy?

By Rubén García Codosero

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